Cuando se trata de volver al eje
La mayor parte del tiempo no me siento linda. Sin pretender testificar en nombre de todas, creo que las mujeres en general solemos bailar en la ambivalencia algo obsesiva de querer comernos el universo y luego sentirnos el último orejón del tarro. Así, sin punto medio. O tal vez no, pero yo he sabido ser de aquellos retoños de histéricas.
En los últimos años, sin embargo, he pretendido encontrar el balance adecuado en actividades que tienen algo más que ver con la armonía general del espíritu que con la estética directa de un collar nuevo o un buen par de jeans. Sí, la mayor parte del tiempo sigo sin sentirme linda, pero intento empezar a entender que lo que aguarda detrás es mucho más rico: se trata de tolerar salir a la calle con el pelo húmedo, de encontrarle el gusto a dormir fuera de casa y tener que empezar el día siguiente sin una gota de maquillaje encima o simplemente de saber combinar camisa y zapatillas sin que nos desetructure el ánimo. A veces le cargo demasiado peso a nimiedades y cuando un mínimo detalle está fuera de lugar ya puedo dar por arruinado mi humor. Atisbo a comprender que son meros disloques de prioridades, donde el lugar que debiera ser ocupado por hechos de real importancia cede protagonismo en pos de una mente que aún no sabría lidiar con problemas mayores si optara por escribirlos con todas las letras. En otras palabras, pobres mecanismos de defensa que se desnudan en cuanto uno lo piensa dos veces.
También es cierto, sin embargo, que sentirse bien con uno mismo es el primer paso para reflejar la belleza interna. Quien brilla por dentro de seguro lo hará por fuera, y quizás el jean adecuado sí sea la llave para una sonrisa que dure el día entero. Pero si aquello no siempre es posible, entonces la solución ha de estar en otro lado. Ayer nomás, optaba por caminar bajo la lluvia arruinando toda posibilidad de un flequillo correcto, pero nunca fui tan feliz haciéndole los coros a Joni Mitchell.






