15 minutos para comer una barra de cereal. Eso, señores, es mi vida con brackets. Ir por la vida eligiendo los alimentos en función de su consistencia y su facilidad para hacerse papilla, priorizar el helado ante todo y vivir a puré de calabaza, tarta de calabaza, calabaza rellena y cuanto derivado pueda tener esta espléndida verdura. Aburrirse cuando los demás devoran un fantástico asado, consolarse con la ensalada de papa y huevo. Uff, qué poco preparada estoy para las dietas y las conductas anoréxicas...
Llevo menos de una semana y la sensación sigue siendo rara. Un poco como cuando uno se ponía esos colmillos de plástico para asustar a sus primitos, pero todo el tiempo y a toda hora. Como dormir, bañarse, lavarse los dientes y dar besos con esos colmillos. Lo que se dice inaguantable. O, en instancias como el despertar, en esos segundos en los que el mundo es una nebulosa y no entendemos ni jota, un absoluto flash.
Del modo que sea, trato de no pensar que a estos brackets y a mí nos quedan 10 meses completos de convivencia por delante. No pienses, no pienses, pensá en otra cosa, dejá la lengua quieta que raspa, no pienses, no pienses, no pienses. E inevitablemente, uno piensa. Y uno siente. Y uno se agarra la cabeza y experimenta unas ganas violentas de arrancarse la dentadura, aparatos incluidos. Pero uno no lo hace, porque la decisión fue tomada en perfecto uso de nuestras facultades y se supone que es en función de un bien mayor. Además, todo este asunto tiene tanto gusto a infancia postergada... No hay dudas, es una regresión pura y sin escalas a mis 8, 9, 10 años, a la edad en que moría por una cajita flúo y un modo de hablar distinto. Y en ese entonces no hubo dentista que me la recetara. Pero pareciera que aquel proverbio chino es verdad, y más vale tener cuidado con lo que se desea, no sea cosa que se haga realidad...