67
Solía servirse y dejar su plato ahí sentado, solo, esperando su enfriamiento con perfecta paciencia. Mientras, hacía un zapping descuidado que por lo general terminaba en algún documental, casi siempre de alguna guerra y si era de la civil española mejor. Todavía puedo verlo, acomodándose la servilleta sobre las piernas, catando su copa de vino y haciéndonos preguntas sobre nuestro día. Comía sin ansiedad, saboreando cada bocado y disfrutando el momento que, sabía, se había ganado. Quisquilloso, también, en ocasiones pedía que le volvieran a calentar el plato, o se quejaba por la falta o exceso de sal. Madre y yo sonreíamos en silencio, y Mirta, leve como un suspiro, se convertía en nuestra mejor cómplice. Hoy cumpliría 67 años. Y en días como este todavía me parece que, si entrecierro los ojos y hago fuerza, podría vislumbrarlo a través de la ventana de ese primer piso, prendiendo la tele y sirviéndose su segundo plato de la noche.

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