Se cruzó de piernas, acomodó su vestido y me miró a los ojos. Respiraba tranquilidad cuando sentenció:
voy a dejarlo porque ya no lo admiro. Me aturdió la idea y no pude más que observarla fijo, intentando descubrir algún quiebre en su actitud, tan entera ella. Pero no lo hubo. Le brillaban los ojos y asomó una mueca algo tragicómica, intento de sonrisa resignada, como quien ha hecho las paces con un pensamiento largo tiempo custodiado.
La mayoría de la gente no lo entiende, pocos ven la importancia de sentir orgullo por la persona que tenés al lado.
Estuvieron cinco años juntos. Ella con 18, él con 32, habían sido siempre mi ejemplo perfecto del amor a pesar de los años. Frente a los cuestionamientos del mundo, ellos asumían haberse encontrado a medio camino: no era que él fuera infantil, sino que ella poseía la madurez suficiente. Y cinco años, incluso cuando el tiempo resta más de lo que suma, en ocasiones resulta mucho.
Yo estoy en una etapa en la que estudio, leo, pienso y me cuestiono el mundo. Y él... él dejó de cuestionárselo hace mucho. La miro remojar el saquito de té y le pregunto cuánto hace que tomó la decisión. Unas semanas, me dice. Que lo habló con una amiga y desde entonces, con las cartas sobre la mesa, ya no pudo negar lo evidente.
¿Vos te das cuenta lo simple que sería seguir como si nada? Se entiende, ellos conviven, tienen una casa, una vida armada. Pero no, ambas lo sabemos de memoria, la felicidad no se resigna.