Miércoles, 4 de la tarde. La entrada a la Rural bulle d
e adultos, niños y hombrecitos con panfletos. También hay algunos vendedores que despliegan sus manteles y productos en el medio de la vereda.
¿No querés un pollito que salta? Son tan lindos como inútiles, y sigo mi camino.
Club La Nación me regala dos entradas, de las cuales uso una sola. Y es que como el común de la gente a esta hora trabaja y mis horarios no son comunes ni siempre laborales, decidí regalarme la tarde buscando ciertos títulos que hace rato tengo en mente.
El primer pabellón me confunde. Entre stands de provincias y promotoras emperifolladas oteo a uno y otro lado, buscando el cartel que me indique un mejor destino. ¿Salón Rojo? ¿Salón Azul? Aquí sólo parece haber salas para charlas, y me consta que esta tarde no hay ninguna que me seduzca. Volviendo sobre mis pasos, al fin descubro el pasadizo correcto: hacia un costado, un pasillo infinito sponsoreado ambivalentemente por
ADN Cultura y
Ñ me deposita en terreno conocido.
Santillana, Alfaguara, Atlántida, se suceden entonces las grandes editoriales. Una primera ojeada me demuestra que en el stand de
Planeta ningún libro tiene precio. Diantres, nada detesto más que depender de un vendedor.
Perdone, ¿podría decirme el precio de este libro? Agarra a Carson McCullers, lo acerca a la computadora y me sonríe.
79 pesos. Agradezco. Camino unos pasos y un chico me entrega una pila de folletos, las tapas de algo que parece ser una enciclopedia y una mini revista.
Del Colegio de Abogados, me cuenta. Pienso que ni mis leggings ni mi pashmina azul furioso deletrean "abogada", pero guardo todo en mi maxi cartera y sigo adelante.
Continúo caminando, mientras esquivo señoras con nietos y jóvenes con mochilas que ocupan el doble de su espacio. Y en una de esas, atrás de una fila eterna y parapetado tras pilas y pilas de libros, diviso a Liniers. Chiquito, encorvado mientras intenta autografiar el que debe ser el septuagésimoquinto ejemplar de la tarde, no levita ni brilla como siempre imaginé. Pienso en lo extraño que es tener la oportunidad de conocer a la persona detrás del personaje, y como a veces aquello alcanza para arruinar el hechizo de la ficción. Unas mesas más allá, encuentro el stand de una librería chiquita pero de larga data, llamada
La Manzana de las Luces. Bajo su reinado, se multiplican las ofertas y los precios están bien explicitados. Pensando que por fin encontraré algo de lo que vine a buscar (buenos libros a mejor precio), me acerco sonriente. Pero me dura poco. Entre tapas ajadas y ediciones berretas es poco lo que resalta; apenas algunos textos de Poe y Carver me llaman la atención.
2 x $20, reza el cartel. Me los llevo, matizados con un persistente gusto a poco.
Ya estoy comenzando a cansarme. El perpetuo devenir de la gente y los codazos y empujones sin perdón a la vista me irritan a niveles insospechados. La gente en sí, cuando tumulto y multitud, me saca de quicio. En esas estoy cuando una nube de guardapolvos blancos me fagocita y arrastra hacia el último punto de mi tour
: KEL. Entre madres que preguntan por textos y diccionarios, tres estantes repletos de novelas en inglés reclaman mi atención. Impecables y coloridos, Norman Mailer y Truman Capote conviven en la armonía que nunca tuvieron en vida. Sin intención de esperar, paso por mi cuenta 1, 2, 3, 4 libros por el lector. Precios razonables. Extremadamente razonables
. Y a eso sumale un 10% de descuento, desliza una vendedora rubia. Tres minutos después, mis nuevos compañeros y yo nos acercamos a la caja sabiéndonos amigos de por vida.
Y 8 minutos más tarde, yo paraba un taxi sobre Santa Fe y daba por terminada mi visita
. ¿Mucha gente ahí adentro? inquirió el conductor. Mi sonrisa fue elocuente
: demasiada.