Those days
“I remember
there was a time
when I used to sing for you”
Tracy Chapman - "Sing for you"
Papá tarareaba bajito. Solían ser canciones de grande, de las que podían escucharse por las noches acompañando las comidas. A medida que nos íbamos adormilando, y una vez terminado el cuento de rigor, nos arropaba entre frazadas mientras entonaba alguna melodía distraída. Nos miraba respirar en paz, nos acercaba algún oso caído y se alejaba sin hacer ruido, pero deteniéndose siempre en el marco de la puerta, como para echar un último vistazo. Después, todo era silencio.
Guardo recuerdos con los que me sé enraizada hasta el fin de mis días. La calidez de mi manta azul, el silbido de bienvenida de papá cuando entraba en casa, el gusto azucarado del budín de limón que desaparecí de a pedacitos ínfimos la tarde en que mis padres decidieron separarse. Y el vacío de esa lágrima, sola, plantada en su mentón, que entendí tantísimo tiempo después.
No sé mucho de ellos juntos. No los viví; apenas cuento con fotos y una que otra declaración de amor garabateada detrás. Cuando me preguntan por el tema, suelo contestar que el no tener recuerdo de ellos como pareja me ayudó a aceptar la realidad de la distancia. Y, si bien tiene mucho de cierto, también sé de noches en las que el agujero se agranda y me permite espiar historias de otras vidas, desenlaces distintos, posibilidades y rencillas del “qué hubiera sido si”. Pues no lo sé, ni aún jugando. Hoy las circunstancias me indican realidades tan distintas, que de a ratos me cuesta entender cómo fue que estuvieron casados. ¿Cuánto puede cambiar una persona en una vida? ¿Cuántas vidas entran dentro de un destino?
Lo entiendo, siempre lo entendí. Se trata de redoblar las chances de ser feliz, de permitirse crecer, cambiar, madurar. Y a veces, en esos recodos, nos soltamos la mano.

















