"... intuye que a pesar de los dolores, el tedio y las decepciones, nunca estaremos más cerca del paraíso de lo que estamos en este mundo"
Paul Auster - "Un hombre en la oscuridad"
Confesión: cada mañana cuando te vas de casa, te espío por la ventana hasta que veo el auto desaparecer por la bajada de Libertad. Me río cada vez que compruebo que es cierto aquello de que al semáforo lo tenés "alquilado" y jamás te interrumpe el paso, no importa lo que tardes en subirte al auto y arrancar. Puedo contar tus movimientos mientras te intuyo acomodar la radio, sintonizar el dial, girar la llave y prender las luces. Toco el vidrio y es como si te acariciara a lo lejos, suerte de gigante cariñoso que observa sus tesoros.
Encuentro simpáticos los pequeños gestos que tenemos a veces para con el mundo. Acomodar una almohada, servir un vaso de agua, enderezar el cuello de la camisa o alcanzarle una carta perdida a un vecino. A nuestro modo, y en uno u otro momento, todos velamos por alguien. Quizás por amor o tal vez como afrenta a la soledad, siempre tendremos un vínculo que sirva de respaldo, aunque más no sea con el boletero del subte que nos perdona la falta de monedas. Porque en la palma de esa mano extendida se encuentra la profecía de que no todo está perdido. De que la bondad también puede ser inherente, como si la maldad no fuera una semilla que germinara desde un principio, y las desviaciones fueran sólo producto del camino y el contexto, como si en el fondo la pureza fuera siempre el primer lazo bautismal.