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lunes, abril 05, 2010

Won't you back me up?

Tengo una teoría y estoy a la búsqueda de sustento.
Resulta que el sábado, charlando con mi suegro, me contó lo triste que le resultaba ver cuántas parejas jóvenes se divorciaban al menor signo de problemas. Ya nadie se casa para siempre, suspiraba, hoy cualquier abogado te separa en dos patadas. Y si bien los ejemplos de la práctica no lo contradicen -muy por el contrario, todo tiende a avalarlo-, algo dentro mío bramó en contra de aquella idea.
Soy hija de padres separados. Tenía apenas 4 años cuando papá se fue de casa, y sé lo mucho que les costó a ambos rearmar su vida y asumir una historia truncada. Sé de Nochebuenas con mamá, Año Nuevos con papá, vacaciones con uno y vida cotidiana con el otro, rituales y rutinas. Soy, también, hija de una generación con este mismo estigma. Me basta mirar alrededor, en mi propio núcleo de amigos, para comprobar que los dedos de una mano sobran para contar los padres que aún están juntos. Apenas cuatro o cinco míticos perduran; el resto ha hecho sus valijas y enfilado para otros rumbos. Y en el medio, escribiendo futuros recuerdos, los hijos atestiguan pasiones de otros tiempos, otra vida.
Apelo a sus vivencias, entonces, cuando sostengo que no, que divorciarse no será visto como algo tan simple ni llevadero. Porque somos los que encarnamos aquellas primeras oleadas de separaciones quienes mejor comprendemos el verdadero significado de esa distancia y las reales repercusiones de tal acción. No creo que nuestros padres hayan considerado el divorcio como algo menor, pero sí sostengo que quienes hoy nos aventuremos en el matrimonio redoblaremos la apuesta, conscientes a cada paso del camino. Quizás la nuestra sea una generación con menos alianzas y más convivencias, quizás algunos tiendan a descreer del vínculo y habrá quienes se mantengan siempre en el terreno de la soltería. Del modo que sea creo que, en este caso, la experiencia distará de ser aquél peine que nos dan cuando ya nos hemos quedado pelados.