La felicidad es una decisión
Todavía hoy, tengo noches en las que despierto sabiéndolo soñado. Lo veo entre nosotros, escucho su voz -aquella que tanto temí olvidar apenas se nos fue-, y más de una vez recreé su mismísima muerte. Casi siempre despierto llorando. El concepto de su ausencia es aún demasiado grande, y se me torna inasible. Me acostumbré y vivo sin él, radiante la mayoría de los días, pero no puedo evitar pensar que me guía la esperanza. Porque en el instante en que me detengo y recalo en su falta, algo dentro mío vuelve a romperse con la misma fuerza del primer día.
Hay tragedias para las que la vida no alcanza. Instancias que dividen los recuerdos entre los hechos que tuvieron lugar antes del desastre y los que sucedieron después, como quien clasifica una gran caja de fotos. Hay pérdidas irreparables y tristezas infinitas, dolores que paralizan y nos dejan viendo el mundo en blanco y negro. Y frente a todo eso, hay formas y maneras de actuar.
Yo lloro algunas noches, le escribo cada tanto y le hablo casi siempre. Ella, en cambio, transformó su dolor en fuerza y le construyó la casa que habían soñado juntos.



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