Para algunas cosas en la vida no hay forma de estar listos
Al comienzo es apenas un cosquilleo leve. Mientras se preparan los festejos, en los días anteriores a la fecha de cumpleaños, de a ratos una sombra nubla la vista y las ideas. Pero alcanza la euforia para esfumarla y continuar con los preparativos sin mayor problema. Al próximo año, sin embargo, la sombra regresa con visitas más continuas, y al siguiente ya empieza a importunarnos con preguntas retóricas. Para cuando queremos darnos cuenta, la sombra tiene el peso y el tamaño de una tormenta de invierno, y su descarga es incipiente. Entonces no hay cotillón, tortas ni souvenirs que valgan: la adultez golpea la puerta y, a modo de guiño malvado, trae consigo la máscara de cada uno de nuestros temores.
Quizás el problema no sea tanto crecer como no hacerlo a la altura de las expectativas. Tal vez la angustia no tenga tanto que ver con el número que nos toca como con nuestra idea de lo que deberíamos ser una vez alcanzado ese dígito. Es probable que el problema sea esa eterna inconformidad de sentir que jamás hacemos lo suficiente con nuestras vidas, de asumir que siempre podría haber sido mejor. ¿Quién no trató de imaginar alguna vez las imágenes que pasarían por su cabeza si hubiera de morir en ese mismo instante? ¿Quién no sintió que eran demasiado breves?
El sábado él cumplió 30 y no tuvo que decírmelo: lo sentí angustiado. Y yo, mientras mezclaba los ingredientes para su torta de puro chocolate, no pude evitar pensar que nadie nos lo avisó nunca. Olvidaron contarnos, cuando usábamos bonetes y rompíamos piñatas, que llegaría un día en el que cumplir años ya no sería una fiesta.


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