Es uno de mis mayores orgullos: puedo leer en cualquier lado. Y si digo cualquier lado es en serio. He probado leer en taxis, colectivos, aviones, barcos, subtes, en un helicóptero y hasta a caballo, y siempre he salido airosa. Por razones que aún no comprendo, no me mareo. Quizás ayude un poco el hecho de poner el libro siempre arriba, siempre justo adelante de mis ojos, como si jamás dejara de mirar el camino (sólo que el camino esta vez es blanco y está escrito). Del modo que sea, llevo libros por la vida, a todo lado a donde voy. Divido incluso entre los textos posibles de leerse en transportes públicos y salas de espera -preferentemente cuentos y poesías, que colaboran con la lectura segmentada- y aquellas novelas que leo en momentos de reposo o viajes largos.
En todas estas divisiones y categorías, sin embargo, no concibo ni me veo portando por el mundo un e-book, al mejor estilo del
kindle. Sí, lo sé, hacia ellos tiende el universo, entiendo su practicidad y capacidad, pero aún así no le veo la gracia. Para mí, la experiencia de la lectura no se reduce únicamente al acto mismo de leer. Muy por el contrario, el disfute de esta actividad implica muchas otras acciones y sentidos; el olor de un libro viejo, por ejemplo, me es absolutamente maravilloso y adictivo. Y mejor ni hablar de las revistas, catálogos y libros de fotografía con buen papel... El tema de los señaladores es otro de mis alicientes. Los colecciono, busco y cuido casi como un ritual, sabiendo lo mucho que odio "hacerles orejas" a las hojas y lo que me encanta el momento de comenzar un libro nuevo y tener que elegir cuál usar. También sé que cualquier e-book que se precie va a ser capaz de ofrecerme el arte de tapa original en toda calidad y definición, pero aún así no me convence. Yo necesito, más allá de apreciar los colores y el diseño,
sentir. Sentir la textura, el peso, la presión que hace entre nuestro dedo pulgar e índice cuando se lo abre, la suavidad -o no- que experimentamos al pasar sus hojas y el sonido único de ese gesto repetitivo en una tarde de siesta solitaria y calma...
Nostalgiosa, old fashioned, melancólica, llámenme como quieran, pero para mí un libro es mucho más que aquello que lleva escrito.