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sábado, mayo 29, 2010

Torturas cotidianas

Lo peor de estar resfriado no es tener que andar por la vida con la cartera llena de pañuelos.
Ni tener que tener las gotas para descongestionar la nariz siempre a mano.
Tampoco recordar tomar algún remedio cada X cantidad de horas.
Y ni siquiera esa sensación de cabeza ligera y sentidos adormecidos.
No, no es eso lo peor de estar resfriado.
Lo tortuoso y desastroso del asunto acaba siendo cuando, luego de un largo día de estornudos, al llegar a casa famélicos y cansados, saboreando de antemano el gusto de un plato caliente y reconfortante que alivie nuestros pesares, caemos en la cuenta de la más grande de las pérdidas. Pues en el instante mismo en el que devoramos el primer bocado recordamos que la nariz no es solita su alma, sino que está conectada con la boca y la garganta y que, claro clarísimo, aquello que estamos comiendo bien podría ser cartón, pues no sentimos absoluta y completamente nada.