Mi biblioteca en todas partes
Soy de esas personas que regalan los libros que más les gustaron. De hecho, hace un par de semanas le regalé por segunda vez consecutiva a una amiga -sin acordarme, claro- Mañana en la batalla piensa en mí, de Javier Marías. Pero no sólo elijo regalar los libros que me dejaron pensando y me robaron alguna que otra pena, sino que, de un modo u otro, también me cambiaron. Busco aquellos que me dejaron distinta a cuando los comencé, que me enriquecieron, que lograron el fin último de toda literatura: conmover.
Sé que no siempre es posible que al otro le suceda lo mismo. Cada fibra late distinto, y quizás la línea ante la que yo tiemble le sea indiferente a mi regalado. Quizás sea un poco como dice Amélie, y la belleza literaria sea tan incomunicable como los encantos de la Dulcinea para quien no es sensible a los mismos. Tal vez sólo sea cuestión de apasionarse uno mismo o resignarse a no entender nunca nada. Probablemente lo sea y sólo quede sentirlo, pero creo que nunca voy a dejar de intentarlo.


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